Las palabras que empleamos para expresar lo que pensamos o sentimos y el modo en que éstas llegan a nuestros interlocutores no es siempre un proceso totalmente exitoso; es inclusive más difícil -si cabe- cuando escribimos algo y otra persona lee, fuera de contexto, lo que hemos dejado escrito.
Las palabras pueden herir, sanar, hacer feliz o llevar a la angustia más absoluta; en ocasiones llevan a las personas a la cárcel e incluso a la muerte.
La película en la que se retrata este aspecto de forma clara y diáfana es, sin duda, en La Soga de Alfred Hitchcock (1948) En esta película se ve claramente cómo las enseñanzas de un profesor, sus opiniones y teorías sobre aspectos de la sociedad, del asesinato y la idea de superioridad de unas personas sobre otras influyen en un joven que crece y asume esas ideas como propias. Este ambicioso y excéntrico individuo posee una importante capacidad de persuasión y una habilidad remarcable para la mentira que emplea para manipular y conseguir sus objetivos.
De su admiración por este profesor nace la idea de llevar más allá de la simple disertación estas teorías y decide poner en marcha un terrorífico plan con tal sangre fría que asustaría al propio Truman Capote.
La película está rodada de manera que parece un largo plano secuencia que comienza con la primera y decisiva imagen y acaba con el último fotograma de esta película… antes de que la pantalla haga un fundido a negro. Una película casi teatral, sin ninguna reserva una obra maestra del suspense y una de tantas joyas en la filmografía de Hitchcock.
Si indagamos un dato ya mencionado- la película data de 1948- podremos descubrir que por aquel entonces habría sido imposible materialmente rodar un largometraje de 77 minutos de un tirón, aunque sea éste el efecto buscado por el genial director. No obstante, se sirvió de su ingenio para realizar los cambios de rollo para seguir filmando con otro nuevo, para ello empleó un plano corto a una superficie que fuera homogénea o inmutable (una mesa, un primerísimo plano a una espalda…) para que apenas se apreciasen cortes en la trama principal.
Los rollos de filme tenían una duración máxima de 11 minutos, por lo que durante ese lapso de tiempo el rodaje era todo seguido, es decir, sin cortes. Todo, absolutamente todo, estaba coreografiado al detalle y todo el mundo (cámaras, sonido, actores, etc) debían moverse de acuerdo con la acción y con los movimientos de la cámara. Fue un rodaje meticuloso por definición y duro; no hace falta imaginar el nivel de exigencia para todos (máxime para los actores) que la palabra: ¡Acción! debía de representar.
La historia transcurre casi en tiempo real, por lo que acerca aún más la sensación de suspense al espectador; todo ello, además, favorecido por el maravilloso movimiento de cámara del que hace un arte el director que convirtió el suspense en su modo de vida.
Una película para no pestañear, para no perderse, para no olvidar… por su calidad como obra cinematográfica y por su enseñanza para todos los que sean capaces de extraer conclusiones de ella.